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Estados maquínicos y dispositivos de resistencia: devenir otro
Lic.
María Gracia Núñez Las instituciones del
Estado tienen modos de ejercer y distribuir el poder y relaciones
de sumisión que responden a la perduración de lo viejo y al fortalecimiento
del autoritarismo. Desfragmentar
la imagen que está en movimiento es una metáfora instrumental para
referir al reconocimiento de la diferencia. La imagen es diferencia.
La verdadera unidad de la experiencia corresponde a un universo
ilimitado de imágenes-movimiento que está en conflicto con el aparato
de Estado. El fenómeno, esto es, lo que aparece a la conciencia,
está en movimiento. La imagen es el movimiento. Las partes en las
que se divide el movimiento de las imágenes son acción y reacción.
Coexistencia de dimensiones múltiples que evitan que las diversidades
degeneren en divisiones mudas y pasivas. Hablar de otros, hablar
por otros y con otros: travestis, abuelos abandonados en un geriátrico,
enfermos terminales, gays, jugadores compulsivos, drogadictos, pobres,
niños golpeados, presos, madres y padres que buscan a sus hijos,
minusválidos, hambrientos, prostitutas, desocupados, sin techo.
Flujos de discurso desterritorializado y esquizo que operan en oposición
a la formalización burocrática del aparato de Estado. Los flujos
esquizoides irrumpen con sus imágenes en el saber admitido, en la
doxa y devienen como
ese paso, esa corriente entre dos o más, ese umbral intersticial
que se establece entre dos seres, dos elementos a y b
que se relacionan de modo tal que el devenir entre ellos constituye
una tercera realidad, que no es ni a ni b, sino un
ab que es indecidible entre ambos y que cobra vida propia
sin borrarse b ni a. Es una puesta en acto de la exterioridad
de la relación entre dos seres (que no necesariamente se comunican),
respecto de ellos mismos como términos de la relación.
I-
Dispositivos de resistencia y teoría de la acción: redes de base
popular
En
“Posdata sobre las sociedades de control” Gilles Deleuze afirma que estamos
en una crisis generalizada de todos los lugares de encierro: prisión,
hospital, fábrica, escuela, familia. La familia es un “interior”
en crisis como todos los interiores, escolares, profesionales, etc.
Los ministros competentes no han dejado de anunciar reformas supuestamente
necesarias. Reformar la escuela, reformar la industria, el hospital,
el ejército, la prisión: pero todos saben que estas instituciones
están terminadas, a más o menos corto plazo. Sólo se trata de administrar
su agonía y de ocupar a la gente hasta la instalación de las nuevas
fuerzas de las sociedades de control, que están reemplazando
a las sociedades disciplinarias. La familia, la escuela,
el ejército, la fábrica ya no son lugares analógicos distintos que
convergen hacia un propietario, Estado o potencia privada, sino
las figuras cifradas, deformables y transformables, de una misma
empresa que sólo tiene administradores. Incluso el arte ha abandonado
los lugares cerrados para entrar en los circuitos abiertos de la
banca. Las conquistas de mercado se hacen por temas de control y
no ya por formación de disciplina, por fijación de cotizaciones
más aún que por baja de costos, por transformación del producto
más que por especialización de producción. El servicio de venta
se ha convertido en el centro o el “alma” de la empresa.
Se nos enseña que las empresas tienen un alma. El marketing es ahora
el instrumento del control social. Se trata de un control a corto
plazo y de rotación rápida, pero también continuo e ilimitado, mientras
que la disciplina era de larga duración, infinita y discontinua.
El sujeto ya no es el sujeto encerrado, sino el sujeto endeudado.
Es cierto que el capitalismo ha guardado como constante la extrema
miseria de tres cuartas partes de la humanidad: demasiado pobres
para la deuda, demasiado numerosos para el encierro: el control
no sólo tendrá que enfrentarse con la disipación de las fronteras,
sino también con las explosiones de villas-miseria y guetos. No sólo se trata de
destruir el capitalismo, sino también de construcción, de “redefinir
el socialismo”, no sólo se trata de deconstruir lo subsumido,
de liberar lo dominado, o de llorar por lo perdido; sino, sobre
todo, de “constituir una máquina de guerra capaz de responder
a la máquina de guerra mundial”. Se trata entonces de constituir
organizaciones capaces de hacer frente al capitalismo, pero “con
otros medios”. Y es en esos otros medios donde estriba
el problema. ¿Cómo hacer frente a una máquina de matar sin matar?
¿Cómo enfrentarse a los asesinos sin convertirse en asesino? ¿Cómo
organizar un mercado que no sea capitalismo? ¿Cómo llevar a cabo
una política y forjar una sociedad que no sean las correspondientes
al capitalismo? ¿Cómo definir un Estado que no sea el de la represión?
Se
ha tendido a un sentido reduccionista que deviene fuente de confusión
el considerar a la comunicación que se instaura entre sujetos discernibles
por el sesgo de un canal de transmisión. La base de este reduccionismo
de la teoría de la información consiste en la exclusión de los aspectos
prácticos no discursivos de la información en general. Así, se pierden
las dimensiones existenciales de las relaciones interhumanas, sociales
y maquínicas. Debemos considerar las dimensiones polifónicas de
la subjetividad la que resulta de la conjunción de componentes heterogéneos.
Si
la comunicación pudiera ser reequilibrada entre, de una parte, sus
elementos discursivos (frases, imágenes, proposiciones) y, de otra
parte, sus dimensiones de puesta en existencia, entonces sí, podría
trabajarse con ese concepto de comunicación. En la lingüística,
las dimensiones pragmáticas, las dimensiones enunciativas han sido
dejadas al margen y ha habido mucha dificultad en reintegrarlas
en el proceso de la discursividad semiótica. La cuestión no es la
de dejarlas vegetar en un barrio lejano de la producción de la subjetividad,
sino la de meterlas en el mismo centro, en la misma raíz de la producción
ontológica, de los diferentes sistemas de discursividad. Los
dispositivos de poder son irreductibles a un
aparato de Estado. Consisten en una multiplicidad difusa, heterogénea,
de micro-dispositivos y reenvían a un diagrama, a una especie de
máquina abstracta inmanente a todo el campo social (como el panoptismo,
definido por la función general de ver sin ser visto, aplicable
a una multiplicidad cualquiera). Los dispositivos de poder ya no
se limitan a ser normalizadores, tienden a ser constituyentes (de
la sexualidad). Ya no se limitan a formar saberes, son constitutivos
de verdad (verdad del poder). Ya no se refieren a "categorías" negativas
a pesar de todo (locura, delincuencia como objeto de encierro),
sino a una categoría considerada positiva (sexualidad). Tradicionalmente la
práctica se concebía tanto como una aplicación de la teoría, como
una consecuencia, tanto al contrario como debiendo inspirar la teoría,
como siendo ella misma creadora de una forma de teoría futura. De
todos modos se concebían sus relaciones bajo la forma de un proceso
de totalización, en un sentido o en el otro. Las relaciones teoría–práctica
son mucho más parciales y fragmentarias. Por una parte una teoría
es siempre local, relativa a un campo pequeño, y puede tener su
aplicación en otro dominio más o menos lejano. La relación de aplicación
no es nunca de semejanza. Por otra parte, desde el momento en que
la teoría se incrusta en su propio dominio se enfrenta con obstáculos,
barreras, choques que hacen necesario que sea relevada por otro
tipo de discurso (es este otro tipo el que hace pasar eventualmente
a un dominio diferente). La práctica es un conjunto de conexiones
de un punto teórico con otro, y la teoría un empalme de una práctica
con otra. Ninguna teoría puede desarrollarse sin encontrar una especie
de muro, y se precisa la práctica para agujerearlo. El intelectual
teórico ha dejado de ser un sujeto, una conciencia representante
o representativa. Los que actúan y los que luchan han dejado de
ser representados ya sea por un partido, ya sea por un sindicato
que se arrogaría a su vez el derecho de ser su conciencia. ¿Quién
habla y quién actúa? Es siempre una multiplicidad, incluso en la
persona, quien habla o quien actúa. Somos todos grupúsculos. No
existe ya la representación, no hay más que acción, acción de teoría,
acción de práctica en relaciones de conexión o de redes. Una teoría es exactamente
como una caja de herramientas. Ninguna relación con el significante...
Es preciso que sirva, que funcione. Y no para uno mismo. Si no hay
personas para utilizarla, comenzando por el teórico mismo, que deja
entonces de ser teórico, es que no vale nada, o que el momento no
llegó aún. No se vuelve sobre una teoría, se hacen otras, hay otras
a hacer. La teoría no se totaliza, se multiplica y multiplica. Es
el poder quien por naturaleza opera totalizaciones, y usted, usted
dice exactamente: la teoría por naturaleza esta contra el poder.
Desde que una teoría se incrusta en tal o cual punto se enfrenta
a la imposibilidad de tener la menor consecuencia práctica, sin
que tenga lugar una explosión. Incluso en otro punto. Por esto la
noción de reforma es tan estúpida como hipócrita. O bien la reforma
es realizada por personas que se pretenden representativas y que
hacen profesión de hablar por los otros, en su nombre, y entonces
es un remodelamiento del poder, una distribución del poder que va
acompañada de una represión acentuada; o bien es una reforma, reclamada.
Exigida por aquellos a quienes concierne y entonces deja de ser
una reforma es una acción revolucionaria que, desde el fondo de
su carácter parcial está determinada o a poner en entredicho la
totalidad del poder y de su jerarquía. Si los niños consiguen
que se oigan sus protestas en una Maternal, o incluso simplemente
sus preguntas, esto sería suficiente para producir una explosión
en el conjunto del sistema de la enseñanza: verdaderamente, este
sistema en el que vivimos no puede soporta nada: de ahí su fragilidad
radical en cada punto, al mismo tiempo que su fuerza de represión
global. Según Deleuze, Foucault nos ha enseñado la indignidad de
hablar por los otros. Con esto quiere decir que la representación
provoca la risa, se decía que había terminado pero no se sacaba
la consecuencia de esta reconversión «teórica» —a saber, que
la teoría exigía que las personas concernidas hablasen al fin prácticamente
por su cuenta. (Foucault, 1991:82). No son solamente los
prisioneros los que son tratados como niños, sino los niños como
prisioneros. Los niños sufren una infantilización que no es la suya.
En este sentido es cierto que las escuelas son un poco prisiones,
las fábricas son mucho más prisiones. Si se considera la situación
actual. El poder tiene por fuerza una visión total o global. Esto
quiere decir que todas las formas de represión actuales, que son
múltiples, se totalizan fácilmente desde el punto de vista del poder:
la represión racista contra los inmigrados, la represión en las
fábricas, la represión en la enseñanza, la represión contra los
jóvenes en general. Las diferentes clases de categorías profesionales
han comenzado a ejercer funciones policiales cada vez más precisas:
profesores, psiquiatras, educadores en general, etc. Hay una ampliación
de todas las estructuras de encierro. Entonces, frente a esta política
global del poder se hacen respuestas locales, defensas activas y
a veces preventivas. Nosotros no tenernos que totalizar lo que es
totalizado por parte del poder, y que no podríamos totalizar de
nuestro lado mas que restaurando formas representativas de centralismo
y de jerarquía. En contrapartida, lo que nosotros podemos hacer
es llegar a instaurar conexiones laterales, todo un sistema de redes,
de base popular. Y es esto lo que es difícil. En todo caso, la realidad
para nosotros no pasa en absoluto por la política en sentido tradicional
de competición y de distribución de poder de instancias llamadas
representativas. La realidad es lo que pasa efectivamente hoy en
una fábrica, en una escuela, en un cuartel, en una prisión, en una
comisaría. Se ve bien quien explota,
quien se aprovecha, quien gobierna, pero el poder es todavía algo
más difuso —el poder está poseído por una clase dominante
definida por sus intereses. Deleuze se pregunta cómo es posible
que gentes que no tienen precisamente interés sigan, hagan un maridaje
estrecho con el poder, reclamando una de sus parcelas. Responde
que es posible que existan inversiones de deseo que explican que
se tenga la necesidad de desear, no contra su interés, ya que el
interés sigue siempre y se encuentra allí donde el deseo lo sitúa,
sino desear de una forma más profunda y difusa que su interés. Es
preciso estar dispuesto a escuchar a Reich: las masas no han sido
engañadas, ellas han deseado el fascismo en un momento determinado.
Hay inversiones de deseo que modelan el poder, y lo difunden, y
hacen que el poder se encuentre tanto a nivel del policía como del
primer ministro, y que no exista en absoluto una diferencia de naturaleza
entre el poder que ejerce un simple policía y el poder que ejerce
un ministro. La naturaleza de estas inversiones de deseo sobre un
cuerpo social es lo que explica por qué los partidos o los sindicatos
que tendrían o deberían tener inversiones revolucionarias en nombre
de los intereses de clase, pueden tener inversiones reformistas
o perfectamente reaccionarias a nivel del deseo. (Foucault, 1991:85).
El movimiento revolucionario
actual tiene múltiples focos, y esto no es por debilidad ni por
insuficiencia, ya que una determinada totalización pertenece más
bien al poder y a la reacción. ¿Cómo concebir las redes, las conexiones
transversales entre estos puntos activos discontinuos, de un país
a otro o en el interior de un mismo país?
II-Pensamiento complejo:
diferencia y repetición Construcción, fundamentos,
edificio, bases y cimientos son metáforas usadas por el pensamiento
simplificador. En los escritos de Deleuze y Guattari se emplean
ciertas categorías y metáforas propias del pensamiento complejo:
cartografía, espacio mapeado, territorialización, flujos, líneas
de fuga y metáforas tales como: "meseta" para evitar pensar en los
espacios verticales y jerárquicos; "rizoma" para superar la imagen
del árbol con raíces, tronco y ramas, todas ordenadas; el rizoma
tiene muchas derivaciones, multiplicidad de pequeñas raíces, muchos
tallos; hace alusión a multiplicidades. Afirmaremos que el
aparato de Estado representa una modalidad de asentamiento hegemónico
del modo de producción capitalista y que, por tanto, opera como
reforzador de los flujos paranoides que lo caracterizan. Hablamos
de calcos del
mundo de la representación que reproduce un inconsciente cerrado
en si mismo. Estamos en el mundo de la repetición del conocimiento
compartimentado que tanto induce a la delimitación
de un campo específico como a la jerarquización y al mantenimiento
del ejercicio del poder. Paranoia y esquizofrenia son los dos polos
de la máquina social. El paranoico tiende a Edipo, a la ley, al
orden, al código, al significante. Se proyecta imponiendo el orden,
arraigando la autoridad, tiranizando. En cambio, el esquizo constituye
la línea de fuga de la máquina social. Busca la producción de la
máquina deseante. Nada hay más revolucionario para la máquina social
que la máquina deseante. El deseo es primero y fundamental; tiende
también a decodificar las estructuras sociales y no coincide con
la decodificación que lleva a cabo el capital. Se trata de introducir
el deseo en la producción y transformar la producción en deseante.
No la producción como productividad inducida por la sociedad de
mercado, sino la producción como generación constante de lo nuevo.
El deseo es productivo; la producción es deseante. Es preciso, entonces,
liberar la potencialidad del deseo y la diferencia. Los dispositivos
productivo-deseantes, son capaces de desestructurar los estratos
y los territorios, propiciando grados crecientes de desterritorialización
y líneas de fuga, gracias a las cuales el deseo se plasma en la
novedad radical. Los grupos que apuestan a la transformación, muchas
veces continúan siendo grupos sometidos, autoritarios, objetos.
Un grupo sujeto es aquel cuyos propios deseos son transformadores;
se trata de un grupo que hace penetrar el deseo en el campo social
y subordina las formas de poder a la producción deseante. La
máquina comienza en el momento en el que hay un fenómeno de consistencia,
de autopoiesis parcial. Sea en una relación de sincronía,
articulando los sistemas de máquinas, los unos en relación a los
otros, sea en una relación de diacronía, es decir en el hecho de
que una máquina esta siempre ligada a sistemas maquínicos anteriores
y está siempre en posición de producir virtualmente otros sistemas
maquínicos. Se trata siempre de una vitalidad o de una subjetividad
parcial, que no alcanza su sentido más que en articulaciones rizomáticas
con otros sistemas maquínicos. A partir de ahí, estamos abocados
a desembarazarnos de una oposición masiva (molar) entre el ser y
el ente puesto que se parte de interfaces maquínicos que colocan
los entes discursivos, al mismo tiempo que producen una referencia
ontológica pluralista. En el lugar que el ser sea puesto como antecedente
por relación a sus diferentes manifestaciones visibles, deviene
algo que es como un horizonte portador de pluralidad, de heterogeneidad
y de singularidad. Generalmente se habla
de repetición cuando nos encontramos ante elementos idénticos que
tienen absolutamente el mismo concepto; y de estos elementos repetidos
distinguimos al sujeto que se repite a través de ellos, como el
verdadero sujeto de la repetición. Deleuze denuncia la confusión
entre el "concepto de la diferencia" y una "diferencia simplemente
conceptual". La diferencia conceptual es una diferencia en el centro
de la identidad, mientras que el concepto de diferencia permitiría
pensar, no sólo la diferencia entre la identidad y la no identidad.
En este sentido, la diferencia más auténtica no es la que se puede
encontrar entre dos conceptos idénticos sino "la que obliga al pensamiento
a introducir diferencia en sus identidades, particularidad de sus
representaciones generales, precisión en sus conceptos". (Descombes,
1982:202). La repetición tiene
carácter no diferencial, no se presenta a modo de selección, ni
a modo de actividad. Este es el primer sentido que tiene la repetición
desde el punto de vista de la representación: el de la repetición
de lo mismo. Si bien la repetición garantiza la permanencia de la
biblioteca y sus valores simbólicos, es la contradicción la que
debe revelar la naturaleza de su diferencia. A ojos de la representación,
la repetición significa semejanza perfecta o igualdad extrema que
invoca, al mismo tiempo, la identidad del concepto y la repetición
para comprender la diferencia. De este modo es reducida la diferencia
al interior del concepto idéntico, transformándose en diferencia
conceptual. Ese mundo de la representación que Foucault ha mostrado,
se define por cuatro dimensiones que lo coordinan: la identidad
en el concepto, la oposición en el predicado, la analogía en el
juicio y la semejanza en la percepción. Debe, entonces, dejarse
de definir la repetición como el retorno de lo mismo, como la reiteración
de lo idéntico; la repetición es la producción (en los dos
sentidos de la palabra: dar existencia y exhibir) de la diferencia.
(Descombes, 1982:202) Nietzsche considera
a la diferencia como objeto de afirmación y de placer: "Lo que ambiciona
una voluntad es afirmar su diferencia, porque en su relación esencial
con la otra, una voluntad hace de su diferencia objeto de afirmación".
La perspectiva -el perspectivismo- de Nietzsche supone una estrategia
más profunda, porque la divergencia deja de ser un principio de
exclusión, la disyunción deja de ser un medio de separación, lo
incomposible es ahora un medio de comunicación. Explica Deleuze
que: "Con esta operación, son dos cosas o dos determinaciones afirmadas
por su diferencia, es decir no son objetos de afirmación simultánea…
sino en la medida en que su diferencia es también afirmativa. Se
trata de una distancia positiva de los diferentes: ya no de identificar
dos contrarios a lo mismo, sino de afirmar su distancia como aquello
que los remite uno a otro en tanto que diferentes". (Deleuze, 1988:179).
Rasgos activos son:
apropiarse, subyugar, dominar, crear; y, en este sentido, apropiarse
significa imponer y crear formas en relación a las circunstancias.
Para encontrar la diferencia es necesario acudir al uso activo
de la fuerza, no en relación a una conciencia (la que es esencialmente
reactiva). Se deduce que la diferencia residirá entre dos
cualidades de la fuerza: una fuerza puede ser activa o reactiva.
La fuerza reactiva no llega hasta el final, queda "separada de sus
posibilidades", no de negar, incluso cuando aparenta afirmar y crear
valores independientes. La fuerza activa tiene que negar lo negativo
para afirmar lo afirmativo. Desde la representación,
la repetición sólo puede explicarse de modo negativo; es una limitación
relativa a nuestra representación del concepto, lo que nos impide
acceder a la multiplicidad de las cosas que éste puede representar.
La repetición sería "la diferencia sin concepto" (Deleuze, 1988:71),
y no es entonces representable. Tanto la diferencia como la repetición,
se identifican entonces con el simulacro, con el teatro, con la
máscara: En el teatro de la
repetición se experimentan las fuerzas puras, los rasgos dinámicos
del espacio que actúan sobre el espíritu sin intermediación y que
lo vinculan directamente con la naturaleza y con la historia, un
lenguaje que habla antes de que se produzcan las palabras, gestos
que se elaboran antes de que existan cuerpos organizados, máscaras
anteriores a las caras, espectros y fantasmas previos a los personajes:
todo el aparato de la repetición como 'poder terrible'"(Deleuze,
1988:51) En la cita anterior,
también aparece un factor fundamental para entender la naturaleza
de la repetición. Se trata de su carácter temporal. Más aún, como
dice Deleuze: "El tiempo sólo se constituye en la síntesis originaria
que versa sobre la repetición de los instantes" (Deleuze, 1988:138).
Esta síntesis es subjetiva, pero tiene lugar en un sujeto pasivo,
y precede a la memoria y a la reflexión. En esta síntesis pasiva
del tiempo se manifiesta el "para-sí" de la repetición, en el que
se apoya su posible representación. Ya hemos visto antes, que el
"en-sí" de la repetición es impensable, no representable, puesto
que se deshace a medida que se hace (Deleuze, 1988:139). Los tres momentos clásicos
del tiempo: pasado, presente y futuro, pueden servir para analizar
la repetición a través de ellos; el presente, desde el hábito o
la costumbre; el pasado desde la memoria; y el futuro desde el eterno
retorno. El tiempo se constituiría mediante síntesis. La primera
de ellas es la síntesis pasiva de la imaginación, en la que se produce
la contracción de los instantes, que da lugar a la formación de
hábitos. Esta síntesis constituye el presente que pasa, y se realiza
en la imaginación. Como decíamos antes, se trata de una síntesis
pasiva que produce sujetos larvarios o yos parciales, sedes de las
síntesis pasivas. La repetición propia
del presente, es una repetición material, como sucesión de elementos
actuales, entre los que no aparece la diferencia. "Pero, a partir
de la impresión cualitativa de la imaginación, la memoria reconstruye
los casos particulares como distintos, conservándolos en el 'espacio
de tiempo' que le es propio. El pasado deja de ser entonces el pasado
inmediato de la retención, para pasar a ser el pasado reflejo de
la representación"(Deleuze, 1988:152). La síntesis pasiva
de la memoria constituye el pasado puro, y hace del antiguo presente
y del actual, elementos del pasado. Deleuze toma aquí la idea de
Bergson, según la cual, cada presente es el pasado completo, en
el grado de máxima concentración. El pasado puro no se corresponde
con el antiguo presente, está compuesto de objetos virtuales, que
preexisten a su propio presente (Deleuze, 1988:181). El pasado puro
es sub-representativo, nouménico y a él sólo puede accederse desde
la reminiscencia. Si la repetición que
correspondía a la primera síntesis pasiva era material, la que corresponde
a la segunda, se refiere a los niveles coexistentes del pasado puro.
La repetición lo sería de objetos virtuales, o simulacros, no de
objetos reales, pues la coexistencia de los distintos niveles en
el pasado puro, es igualmente virtual. Por último, la tercera
síntesis del tiempo, sería la creada por el yo activo sobre lo real.
Kant descubrió que el tiempo, era una forma pura que se interpone
en la determinación de un sujeto. Si la primera síntesis afecta
a la fundación del tiempo, y la segunda a su fundamento, la tercera
las trascendería, para garantizar el orden y la meta final del tiempo
(Deleuze, 1988:170). En la tercera síntesis,
la repetición ha de liberarse tanto del hábito, como de la memoria,
pues en ambas la diferencia aún aparece sometida a lo semejante.
Es preciso que la repetición sea "la diferencia en sí" (Deleuze,
1988:171). "La síntesis del tiempo constituye aquí un porvenir que
afirma a la vez el carácter incondicionado del producto, por relación
a su condición, y la independencia de la obra con respecto a su
autor o actor"(Deleuze, 1988:170) El eterno retorno es
la repetición en ésta tercera síntesis. Lo que retorna es lo nuevo,
que ha sido purificado y seleccionado. Es lo incondicionado, la
pura diferencia: "El eterno retorno supone la disolución del yo,
la muerte de Dios. Este círculo del eterno retorno no tiene centro,
es esencialmente excéntrico y descentrado, y lo que hace retornar
y circular es la diferencia" (Martínez, 1987:240). G.
Deleuze en Diferencia y Repetición sostiene que Nietzsche,
conocedor de los griegos, sabe que el eterno retorno es su invención,
la creencia intempestiva o del futuro porque el eterno retorno no
significa el retorno de lo mismo. Así, Nietzsche vincula
el eterno retorno a lo que parecía oponérsele o limitarlo desde
fuera: la metamorfosis integral, lo desigual irreductible. En este
sentido afirma: “La profundidad, la distancia, los bajos fondos,
lo tortuoso, las cavernas, lo desigual en sí forman el único paisaje
del eterno retorno”. (Deleuze, 1988:390) Zaratustra se lo
recuerda al bufón, pero también al águila y a la serpiente: no se
trata de una ley de la naturaleza. El eterno retorno se elabora
en un fondo en el que la Naturaleza original reside en su caos,
por encima de los reinos y las leyes que constituyen tan sólo la
naturaleza secundaria. Nietzsche contrapone su «hipótesis» a la
hipótesis cíclica, «su» profundidad a la ausencia de profundidad.
El eterno retorno no es ni cualitativo ni extensivo, es intensivo. Tal es el vinculo fundamental del
eterno retorno y de la voluntad de poder. La voluntad de poder es
el mundo de las metamorfosis, de las intensidades, de las diferencias
de diferencias: mundo de intensivas intencionalidades, mundo de
simulacros o de «misterios». El eterno retorno es el ser del mundo
con exclusión de toda identidad originaria, el medio de realizar
una trasmutación de los valores, contra las leyes de la naturaleza.
La diferencia es el objeto más importante de la voluntad de poder,
la repetición en el eterno retorno es el pensamiento más alto. La
diferencia es la primera afirmación, el eterno retorno es la segunda,
«eterna afirmación del ser», que nos conduce al límite del pensamiento. Lo
que no retorna es la cualidad, la extensión, porque la diferencia
como condición del eterno retorno se anula, incluida la repetición
cuando se halla sometido a la condición de identidad de una misma
cualidad, de un mismo yo; yo en el que la cualidad aparece como
signo en la distancia, o intervalo de una diferencia de intensidad.
Y si el eterno retorno en beneficio de una coherencia superior,
lleva a las cualidades al estado de puros signos, y no conserva
de las extensiones sino lo que se combina con la profundidad original,
entonces aparecerán las cualidades más bellas, los colores más brillantes,
las piedras más preciosas y las extensiones más vibrantes, puesto
que, reducidas a su razón seminal, y tras haber roto toda relación
con lo negativo, permanecerán para siempre apegadas al espacio intensivo
de las relaciones positivas; entonces, a su vez, se realizará la
predicción final del Fedón, cuando Platón promete, con la sensibilidad
desprendida de su ejercicio empírico, templos, astros y dioses como
jamás se han visto, afirmaciones inauditas. La predicción no se
realizará, bien es cierto, sino con la inversión del platonismo
mismo.
III-
Máquinas de Estado, máquinas de muerte
En El antiedipo: capitalismo y esquizofrenia
se compenetran el análisis social y el psicológico, ambos como
instrumentales críticos y liberadores. Hay máquinas sociales y hay
máquinas deseantes. Freud descubrió la máquina deseante, el inconsciente.
Deleuze y Guattari rescatan esa máquina deseante de las limitaciones
en que la dejó el psicoanálisis, y la complementan con el análisis
de la máquina social. La máquina deseante no se da sin la máquina
social, y viceversa. La naturaleza también es máquina deseante.
Por ello hablan de la continuidad Naturaleza-hombre. Deleuze y Guattari
cambian radicalmente el concepto de deseo que había sido mantenido
casi siempre -con excepción de Spinoza y Nietzsche- como simple
carencia de algo. Por el contrario, el deseo es producción, voluntad
de poder; afecto activo diría Spinoza. El deseo como carencia es
un concepto idealista, en realidad de raigambre platónica. Las
máquinas deseantes son el proceso de producción, de conexión entre
los objetos parciales regidos por las diferentes síntesis del inconsciente.
Tienen un funcionamiento maquínico (no mecanicista), en el que las
conexiones de deseo se realizan entre partes, de forma impersonal.
El esquizoanálisis pretende hacer una limpieza, un raspaje de la
represión del inconsciente para que las máquinas deseantes funcionen.
Liberarlas de la estratificación para que produzcan deseo. La boca
de la criatura (todavía no humana) se conecta parcialmente con un
flujo de leche del seno (que aun no sabe que es de la madre). La
maquina boca extrae un flujo de la maquina seno. Una relación funcional-maquinica,
donde las partes se conectan. La producción de deseos
es inconsciente, como bien vio Freud. Pero en lugar de la producción
de deseos Freud instauró un teatro burgués, porque instauró en el
inconsciente la mera representación. En cambio, el deseo tiene poder
para engendrar su objeto. Las necesidades derivan del deseo, y no
al revés. Desear es producir, y producir realidad. El deseo como
potencia productiva de la vida. La economía capitalista
organiza la necesidad, la escasez, la carencia. El objeto depende
de un sistema de producción que es exterior al deseo. El campo social
está atravesado por el deseo. La máquina social es también producción
deseante. "Sólo hay deseo y lo social, nada más". Freud se fijó
en la represión, pero no logró relacionarla con la represión general
que se lleva a cabo siempre en la máquina social. Fue Reich quien
asoció correctamente la represión general con cada una de las máquinas
deseantes. Por medio de la familia la estructura autoritaria de
la sociedad se prolonga hasta sus más íntimos engranajes. El problema
de la política lo planteó Spinoza: ¿por qué combaten los seres humanos
por mantenerse en la servidumbre como si fuera su salvación? Lo
que sorprende es que los explotados no se rebelen o que los hambrientos
no roben. El campo social se
carga de una producción represiva o bien de un deseo revolucionario.
Este último lo denominan nuestros autores el individuo esquizo. Y al tipo de análisis
psicológico lo llaman esquizoanálisis. Sea en la producción
represiva que en el esquizo la máquina social es la misma. El esquizo
es el productor universal. El sujeto es también producción. Los
autores califican a su psicología de materialista: introducir el
deseo en el mecanismo social, pero también introducir la producción
en el deseo. El ezquizo no cree en el yo. La teoría de Freud depende
demasiado del yo. Deleuze-Guattari
hablan de tres tipos de máquina social: la máquina salvaje, la máquina
bárbara o despótica y la máquina capitalista. La máquina salvaje
está fundada sobre la tierra, sobre el cuerpo de la tierra. Es territorial.
Sobre el cuerpo de la tierra inscribe sus insignias, que son las
de la alianza y la filiación. Lo decisivo son las relaciones de
parentesco, lo que no quiere decir que lo económico sea marginal.
El parentesco domina las relaciones primitivas pero por razones
económicas. La máquina bárbara coincide con lo que Marx denominó
el modo de producción asiático. Aparece el Estado, ya completo y
en su forma general que fundamentalmente no cambiará ni siquiera
hasta el socialismo oriental (ruso-chino); vieja herencia que se
prolonga por milenios. El estado es la máquina despótica y recubre
los viejos territorios fundados sobre el cuerpo de la tierra. El
estado organiza un sistema de producción que unifica el anterior
sistema territorial. Decodifica sus antiguos códigos y los recodifica
en el lenguaje del despotismo estatal. Para Deleuze el gran corte
de la historia está en la aparición de la máquina estatal. La sociedad
no se funda en el don, como creía Marcel Mauss; se funda en la deuda.
Lo propio de la máquina capitalista es hacer la deuda infinita.
El capitalismo no puede proporcionar un único código que abarque
todo el campo social; al contrario, es decodificador. Pero en lugar
de un código instaura una axiomática abstracta de cantidades monetarias.
La axiomática se caracteriza por la fecundidad de sus axiomas de
base. La axiomática capitalista se distingue porque puede agregar
siempre nuevos axiomas. La máquina deseante
es un sistema de producir deseos; la máquina social es un sistema
económico-político de producción. Las máquinas técnicas no son independientes
ni exteriores a la máquina social. Cada técnica forma parte esencial
de la máquina social. La tecnología capitalista es esencial al sistema
de explotación capitalista. Son grandes máquinas las que son usadas
para la explotación de grandes masas de trabajadores. No hay una
necesidad intrínseca de cierta tecnología. Más bien la tecnología
evoluciona con la máquina social de la que forma parte. En la máquina deseante
ven Deleuze y Guattari ante todo flujos. Toman la idea de Lawrence:
la sexualidad es flujo. Todo deseo es flujo y corte. Flujo de esperma,
de orines, de leche, etc. Freud descubrió este flujo de deseo. Ricardo
y Marx descubrieron el flujo de producción, el flujo de dinero,
el flujo de mercancías; todo ello como esencia de la economía capitalista.
Lo que caracteriza al sistema es la apropiación del producto por
parte del capital. También Lutero descubrió la religión como fenómeno
estrictamente privado, muy acorde con la nueva economía del capital.
El capitalismo decodifica
los viejos códigos fundados sobre la máquina despótica pero los
territorializa a su favor, dentro de su poderosa axiomática. El
neurótico se queda en los códigos establecidos, queda instalado
en los viejos territorios, en los residuos que han quedado al salto
de la máquina bárbara a la máquina del capital. El perverso explota
la palabra y crea territorios artificiales. El esquizo emprende
la línea de fuga de todo territorio codificado, lo desterritorializa
todo. Marx había observado muy bien que el capitalismo arrolla con
todo lo que antes se consideraba sagrado, lo decodifica todo. El
ezquizo se mantiene en el límite. Mezcla los códigos. La esquizofrenia
es la producción deseante como límite de la producción social. Edipo es una entidad
metafísica. Es preciso hacer una crítica de la metafísica. Se trata
de una revolución trascendental pero materialista: denunciar el
uso ilegítimo de Edipo. El revolucionario desconoce a Edipo, no
reconoce padre, ni dios. El inconsciente es huérfano, no necesita
inconsciente como productor de sentido. El esquizoanálisis es político
y revolucionario. El inconsciente es roussoniano. El hombre es naturaleza.
El deseo es revolucionario, cuestiona el orden establecido. El deseo
es activo, agresivo, artista, productivo, conquistador. La literatura
es también esquizofrenia, proceso de producción sin fin. La única
literatura es la que hace estallar el super-ego. Antonín Artaud
es la realización de la literatura. El capitalismo lo privatiza
todo. Hemos llegado al privatismo. La esencia del capitalismo se
halla en dos fenómenos complementarios: desterritorialización y descodificación.
Ambos fueron analizados por Marx. El capital se apropia cada
vez más de territorios; se apropia del campo, del artesanado, del
comercio y finalmente de la industria. El capital lo desterritorializa
todo. Pero al mismo tiempo lo decodifica todo: la religión, la moral,
las creencias; todo sucumbe al impulso del capital. Este impulso
anulador de códigos y apropiador de territorios es universal en
el capitalismo. El capitalismo es, por ello, lo universal de toda
sociedad. Pero, como veíamos, se decodifica para someter nuevamente
a la axiomática potente del capital. La televisión, por ejemplo,
nos da todo, la sociedad y el capital a la vez. No es necesario
salir afuera. Todo el sistema del capital está ahí en la pantalla
televisiva. Samir Amín planteaba
un movimiento regresivo contra la universal territorialización del
capitalismo. Deleuze y Guattari piensan que esa no es la solución.
Siguiendo a Nietzsche -y a Marx- piensan que no hay que ir contra
el proceso, sino insertarse en él y llevarlo hasta las últimas consecuencias.
No se sabe hasta dónde puede llevarse la desterritorialización y
la decodificación. Marx pensaba que llegaría el momento en que la
clase obrera no tendría nada que perder, habría tocado fondo, habría
perdido todo territorio y todo código, estaría en la nada, entonces
daría el todo por el todo y la revolución sería posible. Nietzsche
pensaba que el desierto crece, que hay que asumir el nihilismo.
No hay validez alguna, todo se ha vuelto inválido. Hay que apropiarse
de esta pérdida de todo criterio, de este nihilismo y llevarlo hasta
las últimas consecuencias. Hay que asumir valientemente la pérdida
del supuesto "mundo verdadero" (el mundo inteligible del platonismo).
Y sólo así, en el desierto absoluto, quizá algo nuevo pueda llegar
a valer. Deleuze y Guattari
ubican el interés de clase en el inconsciente. Y entre ambos entablan
relaciones diferenciales. Por ejemplo, un revolucionario puede serlo
al nivel de clase, del interés de clase y, sin embargo, estar dentro
de una estructura autoritaria desde el punto de vista libidinal.
Viceversa, un revolucionario de la máquina deseante podría ser ajeno
a la revolución de la máquina social. Para Deleuze lo decisivo es
que el eslabón más débil, el momento de verdadera ruptura llega
por el lado de la máquina deseante. Desde luego, no son las condiciones
sociales efectivas. Es como la libertad y el determinismo de Kant.
Hay un determinismo social, las condiciones objetivas de la máquina
social; pero hay también el momento discontinuo de la producción
y el deseo. Y es éste, apoyado en las condiciones objetivas, lo
que posibilita el acto de libertad supremo que es la producción
del deseo. Nuestros autores dan
importancia a las líneas de fuga del capitalismo. Ciertas formas
de arte, ciertas tendencias dentro de la ciencia. Hay ciencia paranoica
y hay ciencia esquizo. Los conflictos raciales de muchos países,
los conflictos de nacionalidad, el feminismo, son líneas de fuga.
En el capitalismo se
unifica la memoria y al reproducción modificando la explotación
del ser humano. En la sociedad lo esencial es marcar y ser marcado.
Memoria codificando sobre cuerpos; escritura corporal; memoria social.
Los rangos pertenecen a la máquina territorial. Las castas a la
máquina despótica imperial. Las clases a la máquina social. Como
vio Marx, las clases son el negativo de las castas y los rangos.
IV- El conocimiento:
paradigma arborescente versus paradigma rizomático La metáfora tradicional
de la estructura del conocimiento es arbórea: él es tomado como
un gran árbol, cuyas extensas raíces deben estar arraigadas en suelo
firme (las premisas verdaderas), con un tronco sólido que se ramifica
en gajos y más gajos, extendiéndose así por los más diversos aspectos
de la realidad. Aunque sea una metáfora botánica, el paradigma arborescente
representa una concepción mecánica del conocimiento y de la realidad,
reproduciendo la fragmentación cartesiana del saber, resultado de
las concepciones científicas modernas. El paradigma arborescente
implica una jerarquización del saber, como forma de mediatizar y
regular el flujo de informaciones por los caminos internos del árbol
del conocimiento. Deleuze y Guattari afirman que el pensamiento
y el cerebro están mucho más próximos a sistemas caóticos e inciertos
que a la ordenación jerárquica arborescente. En la introducción
a la obra Capitalisme et Schizophrènie: Mille Plateaux, publicada
en Francia en 1980, Gilles Deleuze y Félix Guattari presentan la
noción de rizoma. Los autores tratan de la cuestión del libro y
procuran contraponer un paradigma rizomático al paradigma corriente,
que ve el libro como una raíz: "el árbol es la imagen del mundo,
o mejor, la raíz es la imagen del árbol - mundo". La perspectiva
arbórea remite a la unidad: el libro es el resultado de una ramificación
que, en última instancia, pertenece siempre al mismo. Usan la metáfora matemática
de lo fractal: aquello que se asemeja a una multiplicidad se revela,
al analizarse mejor, como el resultado de una reproducción al infinito
de una única forma. El rizoma, por otro lado, nos remite a la multiplicidad.
La metáfora del rizoma subvierte el orden de la metáfora arbórea,
tomando como paradigma imagético aquel tipo de tallo radiciforme
de algunos vegetales, formado por una miríada de pequeñas raíces
marañadas en medio de pequeños bulbos, poniendo en cuestión la relación
intrínseca entre las varias áreas del saber, representadas cada
una de ellas por las innumeras líneas fibrosas de un rizoma, que
se entrelazan y se agarran formando un conjunto complejo en el cual
los elementos remiten necesariamente unos a otros así como afuera
del propio conjunto. El paradigma rizomático
es regido por seis principios básicos: A. Principio de conexión:
cualquier punto de un rizoma puede ser/estar conectado a cualquier
otro; en el paradigma arbóreo, las relaciones entre puntos necesitan
ser siempre mediatizados obedeciendo a una determinada jerarquía
y siguiendo un "orden intrínseco". B. Principio de heterogeneidad:
dado que cualquier conexión es posible, el rizoma se rige por la
heterogeneidad, en tanto que en el árbol la jerarquía de las relaciones
lleva a una homogeneización de las mismas; en el rizoma esto no
ocurre. C. Principio de multiplicidad:
el rizoma es siempre multiplicidad que no puede ser reducida a la
unidad; un árbol es una multiplicidad de elementos que puede ser
"reducida" a ser el completo y único árbol. No ocurre lo mismo con
el rizoma, que no posee una unidad que sirva de pivote para una
objetivación/subjetivación: el rizoma no es sujeto ni objeto, sino
múltiplo. D. Principio de ruptura
a - significante: el rizoma no presupone cualquier proceso de significación,
de jerarquización. Aunque sea estratificado por líneas, siendo,
así, territorializado, organizado, etc., está siempre sujeto a las
líneas de fuga que apuntan a nuevos e insospechadas direcciones.
Aunque se constituya en un mapa, como veremos seguidamente, el rizoma
es siempre un esbozo, un devenir, una cartografía trazándose siempre
nuevamente, a cada instante. E. Principio de cartografía:
el rizoma puede ser mapeado, cartografiado, y tal cartografía nos
muestra que posee entradas múltiplas, es decir, el rizoma puede
ser abordado desde infinitos puntos, pudiendo, de ahí, remitir a
cualesquiera otros en su territorio. El paradigma arborescente remite
al mismo porque "toda la lógica del árbol es una lógica de la copia,
de la reproducción". El rizoma, sin embargo, en cuanto mapa, posee
siempre regiones insospechadas, una riqueza geográfica pautada en
una lógica del devenir, de la exploración, del descubrimiento de
nuevas facetas. F. Principio de de
calcomanía: los mapas pueden, no obstante, ser copiados, reproducidos;
colocar una copia sobre el mapa no siempre es garantía, pese a una
yuxtaposición perfecta. Lo inverso es la novedad: colocar el mapa
sobre las copias, los rizomas sobre las árboles, posibilitando el
surgimiento de nuevos territorios, nuevas multiplicidades. De esta manera, la
adopción de un nuevo paradigma del saber significa, al mismo tiempo,
un nuevo abordaje del propio conocimiento; para Deleuze y Guattari,
el saber pasa a ser una funcionalidad. El paradigma rizomático rompe,
así, con la jerarquización - tanto en el aspecto del y de la importancia,
como en el aspecto de las prioridades en la circulación - que es
propia del paradigma arbóreo. En el rizoma son múltiplas las líneas
de fuga y por tanto múltiplas las posibilidades de conexiones, aproximaciones,
cortes, percepciones, etc. Al romper con esa jerarquía estanque,
el rizoma pide, sin embargo, una nueva forma de tránsito posible
por entre sus innúmeros "devenires"; podemos encontrarla en la transversalidad. 3 - Transversalidad
y el tránsito entre los saberes La noción de transversalidad
fue desarrollada al comenzó de los años sesenta por Félix Guattari,
al tratar de las cuestiones ligadas a la terapéutica institucional,
proponiendo que ella sustituyese a la noción de transferencia: "Transversalidad en
oposición a: - una verticalidad
que encontramos por ejemplo en las descripciones hechas por el organigrama
de una estructura piramidal (jefes, subjefes, etc.): - una horizontalidad
como la que se puede realizar en el patio del hospital, en el pabellón
de los perturbados, o mejor todavía en el de los ancianos, es decir,
una cierta situación de hecho en que las cosas y las personas se
adapten como puedan en la situación en que se encuentren". Podemos, así, tomar
la noción de transversalidad y aplicarla al paradigma rizomático
del saber: ella sería la matriz de la movilidad por entre los lazos
del rizoma, abandonando los verticalismos y horizontalismos que
serían insuficientes para un abarcamiento de visión de todo el "horizonte
de eventos" posibilitado por un rizoma. Las propuestas de una
interdisciplinaridad puestas hoy sobre la mesa apuntan, en el contexto
de una perspectiva arborescente, para integraciones horizontales
y verticales entre las varias ciencias; en una perspectiva rizomática,
podemos apuntar a una transversalidad entre las varias áreas del
saber, integrándolas, si bien no en su totalidad, por lo menos de
una forma mucho más abarcadora posibilitando conexiones inimaginables
a través del paradigma arborescente. Asumir la transversalidad es
transitar por el territorio del saber como las sinapsis viajan por
las neuronas, un viaje aparentemente caótico que construye su(s)
sentido(s) a la medida en que desarrollamos su ecuación fractal. Deleuze
y Guattari desarrollan las condiciones para que se dé un rizoma,
las cuales son: a) que haya conexiones de eslabones semióticos,
organizaciones de poder, coyunturas remitiendo a las artes, a las
ciencias, a las luchas sociales; b) multiplicidad reticular que
permite la comunicación entre las líneas en transformación, entre
el conjunto de la red o entre las ramas después de su diferenciación,
y c) posibilidades de cartografiar o mapear, modificar o
revertir todas las dimensiones. Al no ser objeto de reproducción,
el rizoma entra en el registro de la creatividad. Cada
instancia (rizoma) gestiona su propia autonomía respecto a la instancia
central (tronco); se dan la heterogeneidad y múltiples posibilidades
de conexiones, puesto que hay racimos entre los mismos elementos;
es decir, se ligan a la instancia central sólo transversalmente;
existe una adhesión al principio de cartografía, de tal forma que
las instancias como departamentos, coordinaciones, áreas de investigación,
etcétera, no calquen o reproduzcan la misma estructura y que, una
vez rotas las raicillas, puedan inventar el rizoma; la forma de
desarrollo del rizoma es central y periférico, esto es, las iniciativas
y generación de conocimientos del personal académico y administrativo
no están obligadas a seguir el proceso jerárquico y centralizado.
En resumen, estas estructuras heterogéneas implican más un poder
diluido y distribuido que vertical, de acuerdo con el principio
de transversalidad. Se podrá objetar que este planteamiento es poco
científico, pero por momentos es necesario el enfoque lateral para
superar inercias y marcos de pensamiento consagrados. Para
Deleuze y Guattari, existen tres tipos de libro: el libro-árbol,
que seguiría una lógica binaria; el sistema raicilla, de raíces
múltiples, y el libro-rizoma, constituido por mesetas (fragmentos)
autónomas, comunicadas por “microfi-suras”. En este
libro-rizoma cada fragmento puede leerse por cualquier sitio y ponerse
en relación con cualquier otro: un libro así, según Deleuze y Guattari,
"se niega al logos, a la trascendencia de la idea, a la interioridad
del concepto, al tribunal de la razón, a los funcionarios del pensamiento,
al sujeto legislador". El
libro-rizoma cumple seis condiciones: ·
Conecta
cualquier punto con otro punto cualquiera. ·
Cada
uno de sus rasgos no remite necesariamente a rasgos de la misma
naturaleza (no es necesaria una unidad coherente, sino que más bien
promociona la heterogeneidad). ·
Multiplicidad:
pone en juego regímenes de signos muy distintos; no está hecho de
unidades, sino de dimensiones, no tiene principio ni fin. ·
Establece
rupturas significantes. ·
Es
cartográfico: está hecho de líneas de fuga, es decir, no filiables,
como en una arborescencia. Contrariamente
a los parámetros miméticos, el rizoma está relacionado con el mapa
que debe ser producido, siempre desmontable, conectable, alterable.
No responde a modelos estructurales o genéricos, no confluye, sino
que constituye un modelo acentrado. No exige reconocimiento de estructuras
o sentidos u orígenes o intenciones.
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en Christian Ferrer (Comp.) El lenguaje literario, Montevideo, Ed.
Nordan, 1991. Tº 2, DELEUZE, Gilles. “Las
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Pre-textos, 1994. DESCOMBES, Vicent Lo
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“Gilles Deleuze: la máquina social” http://cuhwww.upr.clu.edu/~huma/libromania/maquinas/ TANI, R. y NÚÑEZ, M.
G. “El Nietzsche de Deleuze” en
Antroposmoderno http://www.antroposmoderno.com/antro-articulo.php?id_articulo=347
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